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| La pesadilla sale de la cama de dos niñas, Johann Heinrich Füssli/1793 |
Siempre estabas ahí repitiendo cada una de mis palabras
mientras jugábamos a la casa de té, yo envuelta en la bata de baño morada de mi
madre a manera de kimono y mis chanclas de pata de gallo como getas, y tu
sentadita frente a mi con tus zapatos rojos y el vestido verde de fieltro que
tanto me gustaba. ¿Recuerdas todas esas aventuras que vivimos montadas en
sueños sobre el payadrilo mientras perseguíamos nomos come calcetines? o esas
veces de expediciones paleontológicas (siempre vimos demasiada televisión)
donde desenterrábamos los huesos de pollo que amorosamente nos plantaba el
noble caballero de el balcón en el camellón frente a la casa ¿las recuerdas?
Nunca tuve muchos amigos pero de pronto apareciste tú justo
en la línea que divide lo real y lo imaginario, al principio no pude notar la
diferencia, tus manos se sentían tan calidas cuando dábamos vueltas en el patio
y las lágrimas que derramabas sobre mis manos cuando caías y te raspabas las
rodillas eran tan húmedas que simplemente no me pregunté de donde habías salido
y por que estabas ahí siempre que te necesitaba para jugar en la soledad de mi
cuarto; a los 6 años una difícilmente se pone a pensar en esa lógica de adulto
que descarta la magia y que pretende encontrar una respuesta racional para todo,
así que di por sentado que eras real.
Fue justo unos días después de que me arrancaron la infancia
que comencé a darme cuenta de que te habías quedado congelada en el tiempo, tus
pies eran de la mitad de los míos y apenas alcanzabas a rodearme amorosamente mi
cintura con tus bracitos. Yo tenía 13 años, esa semana había llorado mares
sumida en una mezcla de rabia y miedo hecha bolita sobre mi cama, entonces te
paraste frente a mi y con la sonrisa más grande que jamás te había visto me
pediste que fuéramos a jugar. Yo no estaba para esas cosas en ese momento e
hice algo de lo que hoy me arrepiento, te grité que yo ya no tenía edad para
juegos y que me dejaras de molestar con tus tonterías. Esa fue la última vez
que pude ver tu rostro, quisiera que mi último recuerdo de el no fuera la mueca
de tristeza y los ojos rosados de una niña a la que le habían roto el corazón,
pero lo hecho, hecho está y no sirve arrepentirse (aunque lo hago)
Ahora solo escucho tu risa y veo tu sombra pasar corriendo
para escabullirse en las esquinas y detrás de los muebles, al principio trataba
de correr detrás de ti para pedirte perdón pero al final comprendí que nunca
más podría alcanzarte. Solo te siento cerca de vez en cuando, esas veces que
acabo tirada en el piso aterrada por lo que ven mis ojos o con la panza llena
de pastillas para dormir debido al interminable insomnio. Entonces es cuando
cierro los ojos y siento tus manitas en mis mejillas, la humedad de unos
pequeños labios que tocan mi frente y una risita que me hace sentir que todo
estará bien, aprieto los ojos fuerte por que tengo miedo de que te desvanezcas
cuando los abra y me quedo dormida entre tus brazos mientras los demonios que
me atormentan abandonan la habitación.
Sin ti no se que haría y temo que me abandones, gracias por
ser amiga y estar aquí para impedir que mi alma deje mi cuerpo.
Sonrían y buena vida

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