11 feb. 2010

Recuerdos dulces

Hoy me compre un conejito de chocolate, siempre que los veo lo hago. Cuando era una niña pequeña, mi caballero del balcón solía traerme cada tarde al regresar a casa, un conejito de chocolate de la tienda donde trabajaba como dependiente.


Recuerdo que cuando comenzaba a oscurecer me sentaba en la mecedora a esperarlo en el zaguán, al poco rato se escuchaba el tintinear de sus llaves, el tronar de la lámina al introducirlas en la cerradura, el rechinido de las bisagras que anunciaban que aparecería frente a mí con su gran sonrisa y su sombrero de blanco de ala ancha. Entonces yo me levantaba de un brinco para abrazarlo y robarle el sombrero (me encantaba ese sombrero), el se agachaba para darme un beso en la mejilla y entonces me sacaba un conejo de la oreja. Y así hubo conejitos mágicos más o menos hasta mis 8 años, porque dejó de trabajar.

También extraño los ramitos de gardenias que nos compraba a Mariquita y a mí siempre que salíamos a la calle y nos abordaba una florista con su canasta, los letreros de agua- cal en espejos y ventana para desearme feliz cumpleaños o felicitarme por 10 en la escuela, los cacahuates garapiñados en Parque Delta sentada sobre su cojinete de los Diablos rojos (allá cuando el progreso aun no demolía mis recuerdo para volverlos una plaza comercial), los huesos de pollo en el parque que limpiaba y enterraba para mí cuando me dio la fiebre paleontológica; caminar por el lado de la pared y el jalón en el cuello del sweater cuando yo olvidaba que las niñas no deben caminar por la orilla de la banqueta.; los sándwiches de mostaza y pepinillos.

Mi caballero del balcón, todas esas cosas me hacen sonreír, porque me recuerdan a ti.
Sonrían y buena vida.

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