2 ago. 2009

Si miro por la ventana

Salvador Dalí, Mujer en la ventana en Figueras. 1926.

La muchacha de Figueras me recuerda tanto a mi María Bordadora, creo que María tuvo la culpa de que se me hiciera una fijación con los tímidos romances de balcón. Con aquella historia que me contaba antes de dormir, de cómo se sentaba a bordar todas las tardes en su balcón, que daba a la ventana de un apuesto hijo de la casera que se sentaba a leer su biblia. Uno se imaginaría que María de tanto pasárselo ahí sentada ya habría hecho una copia exacta en bordado del retablo de la capilla del Rosario, y que aquel caballero que leía devota y religiosamente cada tarde, ya podía recitar al derecho, al revés y de memoria cada palabra. Pero la más pura verdad es, que mi abuelo no tenía ni más remota idea de lo que leía y mi abuela se la pasó meses en una flor, para mi fortuna, los enamorados gozaron de la ayuda de un Cupido, porque si no se abrían pasado así la eternidad.

Aquella historia parece que me impactó demasiado, he caído en cuenta de que es parte del mi arquetipo del romance (que malo me resulta a veces tener arquetipos). Hay una poesía de Miguel Ramos que me gusta mucho y que me recuerda mis tiempos de secundaría, precisamente de una chica que mira desde su ventana a su amado, aunque el pequeño problema es que es un amor prohibido porque aquel chico es un seminarista. Me doy cuenta de que tanto tenía idealizado al hombre del rostro de Lapislázuli, porque alguna vez lo pensé como un asceta intocable…

EL SEMINARISTA DE LOS OJOS NEGROS
Desde la ventana de un casucho viejo
abierta en verano, cerrada en invierno
por vidrios verdosos y plomos espesos,
una salmantina de rubio cabello
y ojos que parecen pedazos de cielo,
mientas la costura mezcla con el rezo,
ve todas las tardes pasar en silencio
los seminaristas que van de paseo.
Baja la cabeza, sin erguir el cuerpo,
marchan en dos filas pausados y austeros,
sin más nota alegre sobre el traje negro
que la beca roja que ciñe su cuello,
y que por la espalda casi roza el suelo.
Un seminarista, entre todos ellos,
marcha siempre erguido, con aire resuelto.
La negra sotana dibuja su cuerpo
gallardo y airoso, flexible y esbelto.
Él, solo a hurtadillas y con el recelo
de que sus miradas observen los clérigos,
desde que en la calle vislumbra a lo lejos
a la salmantina de rubio cabello
la mira muy fijo, con mirar intenso.
Y siempre que pasa le deja el recuerdo
de aquella mirada de sus ojos negros.
Monótono y tardo va pasando el tiempo
y muere el estío y el otoño luego,
y vienen las tardes plomizas de invierno.
Desde la ventana del casucho viejo
siempre sola y triste; rezando y cosiendo
una salmantina de rubio cabello
ve todas las tardes pasar en silencio
los seminaristas que van de paseo.
Pero no ve a todos: ve solo a uno de ellos,
su seminarista de los ojos negros;
cada vez que pasa gallardo y esbelto,
observa la niña que pide aquel cuerpo
marciales arreos.
Cuando en ella fija sus ojos abiertos
con vivas y audaces miradas de fuego,
parece decirla: —¡Te quiero!, ¡te quiero!,
¡Yo no he de ser cura, yo no puedo serlo!
¡Si yo no soy tuyo, me muero, me muero!
A la niña entonces se le oprime el pecho,
la labor suspende y olvida los rezos,
y ya vive sólo en su pensamiento
el seminarista de los ojos negros.
En una lluviosa mañana de inverno
la niña que alegre saltaba del lecho,
oyó tristes cánticos y fúnebres rezos;
por la angosta calle pasaba un entierro.
Un seminarista sin duda era el muerto;
pues, cuatro, llevaban en hombros el féretro,
con la beca roja por cima cubierto,
y sobre la beca, el bonete negro.
Con sus voces roncas cantaban los clérigos
los seminaristas iban en silencio
siempre en dos filas hacia el cementerio
como por las tardes al ir de paseo.
La niña angustiada miraba el cortejo
los conoce a todos a fuerza de verlos...
tan sólo, tan sólo faltaba entre ellos...
el seminarista de los ojos negros.
Corriendo los años, pasó mucho tiempo...
y allá en la ventana del casucho viejo,
una pobre anciana de blancos cabellos,
con la tez rugosa y encorvado el cuerpo,
mientras la costura mezcla con el rezo,
ve todas las tardes pasar en silencio
los seminaristas que van de paseo.
La labor suspende, los mira, y al verlos
sus ojos azules ya tristes y muertos
vierten silenciosas lágrimas de hielo.
Sola, vieja y triste, aún guarda el recuerdo
del seminarista de los ojos negros...

Las chicas asomadas a la ventana me recuerdan tanto a esa tímida forma del Romance, mirando hacia afuera solo dios sabe que (bueno solo dios y el pintor o el fotógrafo jajaja). ¿Qué miran la niña de Murillo que tanto hace reír a la vieja? ¿Qué le responde el paisaje a Ana María? ¿Qué construye el ensueño? ¿Que hay detras de las eternas ventanas de Saudek?

Bartolomé Esteban Murillo, La Joven y su dueña 1670

Salvador Dalí, Figura Asomada a la ventana, 1925

Manuel Alvares Bravo, El Ensueño, 1931
Jean Saudek, ¡Ven amanecer! Ven y tráeme un anillo de diamantes, tráeme un príncipe, gloria, fama y fortuna, no quiero nada más… 1975
Jean Saudek, Olga en las Nubes, 1984

Tal vez será por que tantas veces me la pasé esperando tener la suerte de mi abuela, y todavía quiero que un día unos ojos crucen una tímida mirada con la mía para envolvernos en el idilio.

1 comentario:

hUitZiLopOcHtLi dijo...

Los arquetipos pueden ser sueños, reglas o imposibles, en este caso lo veo requete bueno :P