12 jul. 2009

Por el sendero de la luz y la memoria.

A lo largo de nuestra vida nos cruzamos con personas que dejan marca en nuestras existencias con sus enseñanzas y transforman o ayudan a construir la manera en que nos enfrentamos al mundo. Una de esas personas fue Enrique Santoyo mi maestro de fotografía, él fue el responsable de acercarme a los escritos de Fontcuberta, Baudrillard, Umberto Eco, la filosofía del instante decisivo de Cartier-Bressony la de la imposibilidad de una mirada inocente ante cualquier imagen de Serge Tisseron.

Todo aquello me detonó el interés sobre los fenómenos de la fotoquímica y la imagen, los cuales antes de internarme en el mundo de la restauración, se antojaban con una naturaleza alquímica. De cierta forma Santoyo también es parcialmente responsable de que mi vida profesional virara su rumbo hacia los caminos de los burladores de Chronos , pues también cultivó el interés en la historia del desarrollo de los soportes fotográficos.

La fotografía aparece oficialmente en la línea del tiempo a principios del siglo XIX, un siglo que se caracteriza por estar obsesionado por encontrar una verdad objetiva y absoluta, por el supuesto triunfo de la razón y la ciencia sobre el velo de la idolatría religiosa, la magia y la superstición, el siglo aquel en que un alemán mató a Dios (que ya se había tragado a otros dioses que lo precedieron) para dejarle el camino libre al hombre para sentirse pantocrátor.


La forma de usar los fenómenos ópticos fotoquímicas para crear imágenes, es una obsesión que surgió muchos siglos antes de la invención de la fotografía, sin embargo es el siglo XIX el que ofreció las condiciones precisas para lograrlo. El simple nombre que recibe denotan las atribuciones que la sociedad decimonónica dio al invento de Nicéphore Niépce, si no queda claro el punto basta con la explicación de wikipedia:
El término fotografía, procede del griego φως phos ("luz"), y γραφίς grafis ("diseñar", "escribir") que, en conjunto, significa "diseñar/escribir con la luz".
Mi punto es, que alguna vez se pensó que estas imágenes “hechas por la luz” daban la posibilidad de capturar el mundo de una forma 100% fiel a la realidad, el medio de representación idóneo para encajar en los ideales positivistas de búsqueda de la “verdad”.

Una de las frases que repetía mucho mi mentor en estas ondas de ser dibujante con luz, es que la fotografía es la hermana bastarda de la pintura. Desde que apareció en el panorama algunos creadores vieron en ellas la posibilidad de explotarla como medio para el arte, aunque lograr que se asimilara como tal fue una labor ardua pues se subestimaba la labor del ojo y la mente tras la lente en la creación de una imagen.

El concepto erróneo de que una fotografía es un representación fiel de la realidad, llevó a pensar que el trabajo del fotógrafo era solo presionar el un botón, colocándola en un sitio muy por debajo de la pintura e incluso de las técnicas de gráfica como la litografía entre otras, que en esos entonces eran consideradas como meros medios para la difusión masiva de información. Una clara visión al respecto, es la sátira que hace Daumier a Nadar y sus vistas aéreas en una de sus viñetas, o las incisivas críticas de Baudelaire, quien pensaba que solo debía usarse como medio de registro y que jamás podría ser catalogada como arte.

La fotografía fue por mucho tiempo como una de esas chicas a las que llaman “mosquita muerta” o un lobo con piel de cordero, ya que se no se tomaba en cuenta la capacidad del fotógrafo de manipular la realidad atreves de ella. Y no hablo de manipulación directa de la imagen, ese argumento absurdo que está tan de moda para desacreditar la validez de la imagen digital como documento objetivo de un hecho.

Una imagen puede estar impresa al 100%, estar tomada con una cámara análoga, sin montar la escena y ser más falsa que judas. No hay que olvidar que la imágenes fotográficas no son más que un fragmento de un suceso, no solo en el sentido de que solo capturan un instante del hecho, si no que se limitan a mostrar lo que cabe en el formato de la cámara. Si se mira desde ese punto, la fotografía resulta uno de los mejores mentirosos (libra a la pintura por mucho), ya que todavía hay mucha gente cree en su inexpugnable objetividad. Una pintura entonces puede resultar mil veces más realista que una fotografía.

Esa y algunas cosas más fue lo que Santoyo me enseño a ver, y por eso le estoy agradecida. Concuerdo con que la verdad única no existe y que siempre debemos cuestionarlo todo.

Sonrían y buen vida.

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